Justo cuando perdíamos la fe en la humanidad II

Armenia GM

La tarde del jueves me dirigía de la institución educativa al centro de la ciudad para abordar la buseta que me llevaría al municipio donde habito. Por lo anterior tomé un taxi al azar, de esos que pasan  por el frente de la Institución, con tan mala suerte que al llegar al lugar de destino deje caer descuidadamente, y sin darme cuenta, la billetera en el vehículo. Qué desagradable sorpresa me llevé cuando quise buscar el dinero para pagar la buseta y no encontré mi billetera en ninguno de los bolsillos del pantalón ni en el canguro que llevaba con otros objetos personales, nunca en mi vida había extraviado la billetera. Tomé entonces la decisión de seguir el trayecto que había hecho desde que me bajé del taxi hasta el lugar donde se aborda la buseta con la esperanza de encontrar la billetera por el camino, sin embargo, fue infructuoso. Así que debí llamar a algunos familiares para que me prestaran algo de dinero para pagar mi transporte y dirigirme hacia mi casa.

Durante el camino a la casa, donde habitan las personas que me colaborarían con el préstamo, no hice sino pensar en todas las vueltas que se me vendrían encima para recuperar mis documentos, especialmente la cédula, el pase de conducción y la libreta militar, además de los costos que ello tendría.

Ya había arribado a la casa y me encontraba contando mi triste historia, cuando de repente me sonó el celular, era el señor del taxi informándome que tenía mi billetera y que deseaba devolvérmela, afortunadamente yo había tomado la decisión, hace varios años de portar un papel en la billetera con datos personales, pensando en una emergencia. El taxista me indicó que se encontraba muy cerca de donde yo estaba y que ya se dirigía hacia allí para devolvérmela. Mis ojos brillaban de felicidad y en mi cabeza no cabía la idea que todavía existiera gente tan honesta.

Cuando el taxista llegó, lo primero que hizo fue decirme:

“Caballero aquí está su billetera, puede revisarla, está completica, yo la ví cuando fui a abrirle a un cliente e inmediatamente la tomé. Lo que usted hizo de colocar sus datos dentro de ella, es una gran idea, voy a replicarla porque en algún momento de mi vida yo también perdí mi billetera y debí hacer todas las vueltas para recuperar mis documentos”

Yo le agradecí profundamente al señor taxista y le dije que personas como él son las que necesita este país. Lo felicité por lo que hizo y recompense su honestidad con algo de dinero, que no fue nada comparado con lo que me permitió ahorrar en vueltas y gastos para volver a obtener mis documentos. Sin embargo al entregarle el dinero el no lo quiso recibir y me dijo que lo había hecho con mucho gusto y que más bien tomara su tarjeta con sus número de contacto por si en algún momento se me ofrecía un servicio. Yo insistí y le dije que lo tomara como pago por la carrera que hizo para encontrarme nuevamente y devolvérmela, y que se lo daba con el mayor de los gustos. Finalmente lo aceptó.

Durante el tiempo que toma el viaje de armenia al municipio donde vivo me fui lleno de entusiasmo y alegría por haber conocido gente tan honesta como don Juan Gabriel. Pedí a Dios por él, su familia y su trabajo. Nunca olvidaré ese gesto de honestidad y desinterés.

Me siento comprometido con la vida a replicar el comportamiento virtuoso de este amable taxista y de compartir esta historia para motivar a los lectores a unirnos al “club” de la gente buena que hace las cosas desinteresadamente pensando siempre en el bien de aquel que como yo tenemos los mismos sueños e ideales.

Viva la honestidad, viva don Juan Gabriel.

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* El título lo tomé prestado del artículo escrito por las redundantes, pues al igual que ellas, quise hacer noticia la bondad que nadie promulga. A ellas gracias por su artículo y por el título, disculpen mi falta de creatividad.

Reportó: Profe Will

 

 


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